Caro:
Un agujero enorme habita dentro tuyo, has intentado taparlo con el silencio, con la cotidianidad de los días, con el andar diario de tu presencia. No sabes aún que ese espacio desolador e insatisfecho será llenado. Te veo yendo al refugio que tuviste por largos seis años, buscando palabras que expliquen y describan lo que quisiste hacer, lo que querías dejar de sentir. No supe cómo abrazarte en ese entonces, no tuve cuerpo ni mente ni alma para apoyarte y no sabes cuánto lamento el no haberte querido cuando más lo necesitabas. Y es que a veces una es tan absurda Caro, una cree que anteponiendo a los demás lograrás sentir algún tipo de altruismo que justifique tanta barbaridad hacia una, tanta palabra mal empleada y mal sentida, tantos actos de desamor. Te vi llorar por largas horas y sólo quería que acabaras, quería descansar, y no supe, hasta mucho después, que el descanso no era sinónimo de dejar de ser.
Te veo dormida abrazando la nada, queriendo no despertar, queriendo no enfrentarte a la vida, buscando alternativas para huir. Te veo dormida, y por mucho tiempo, así nos preferimos. Y es que siempre fuiste tan valiente a lanzarte a cuánto estímulo real o imaginario existiera. A veces extraño eso de nosotras, ¿Sabes? No logro tocarla, ni siquiera adentrarme un poco en la sensación de adrenalina. A veces te extraño. Sin rencores ni olvidos.
A ratos extraño tu mirada ciega, tu confianza absoluta, tu afán de disfrutar cada emoción. Extraño el impulso intrínseco de tu espíritu, pero el cuidado es importante Caro. Aún no sabes que el resguardo te permitirá estar más tranquila. Será más adelante que comprendas que la tranquilidad es el estado más bonito del ser.
Todos los veintitrés de octubre te pienso... Me pienso. Hoy tiene un sabor distinto porque hay parte de lo que fuimos que vuelve a encontrar espacios en lo tangible y lo real, y al igual que lo hiciste aquella vez, he intentado escapar. ¿Será un acuerdo del destino que en fechas tan cercanas encontremos algún tipo de consuelo? Mas hay una diferencia, un pequeño matiz y a la vez un amplio espectro que nos separa. Tú, nosotras, decidimos marcharnos eternamente. No lo conseguimos.
Cuando la vida se detuvo en medio del movimiento exterior, recuerdo la toma indiscriminada, el dolor de cabeza, el sentimiento de culpa. Te recuerdo vívidamente observando el horizonte. Extraña. Débil. Triste. Tantas veces lo imaginamos, lo vimos y desechamos. Ese veintitrés fue diferente. No dudaste. Ni siquiera recuerdo si la pregunta habrá pasado por tu mente. Te veo dormir horas antes de enfrentar la situación. Te veo, por primera vez, sin saber qué decir. No hay palabras.
Te miraste al espejo y no te encontraste, notaste tus ojos cansados de insomnio, la mirada vacía, aletargada, la cara de otra, irreconocible. Viste las marcas en el cuello y en el pecho, fugazmente pasó por tu cabeza la travesía de tus manos sobre la piel. El golpe, constante, en las piernas, donde no se viera, donde siga oculta la manía de encontrar en el dolor físico un placebo para el sufrimiento.
¿Sabes, Caro? Busco en nuestra memoria de elefante todas las situaciones, palabras y detalles que construyen nuestra historia. Fotografías que esconden el sentir, escritos que lo revelen. Tú sabes, como yo, que hemos tenido que darle sentido a tanta irracionalidad. A veces siento que lo hemos hecho bien, a nuestro paso, a nuestro tiempo, con nuestras reglas. Perdón si me escudo en las herramientas, si le doy permiso a la productividad para no pensar, si pareciera ser que todo lo que viviste para sentirte como en un momento nos permitiste sentir, valiera para nada. Sin embargo, lo vale todo. Sin tu atrevimiento, sin la confianza que depositaste en la ayuda, sin la necesidad de sentirte por fin en calma, no estaríamos habitando este nuevo espacio.
No pude abrazarte, no logré percatarme del salto tremendo que estabas dando, al contrario, te juzgué débil, te creí ridícula. A veces vuelvo a todo lo que significó esa mañana, y te pienso como alguien tan separada y a la vez tan cercana a mí. Te miro de lejos, te veo crecer. Intento dibujar todos los rasgos que borraste y todos aquellos que aprendiste. No sé cómo explicarte que la pena que hoy existe no es tan grande, ni tan alarmante ni decisiva, gracias al camino que decidiste recorrer desde aquel veintitrés.
Recuerdo el detalle de tus listas, las conversaciones con las personas cercanas indicando que la emoción que pareciera no tener razón de ser, sí la tiene, no, parece que no. Recuerdo los viajes solitarios, las aventuras que decidiste emprender. Hoy, maquillada y vestida de colores, sin temerle al lápiz ni al papel, teniendo espacios de descanso, decidiendo qué es importante y qué no lo es, tomándote fotos, comiendo, entendiendo chistes, ya no justificando todo. No podías verlo, necesitabas esa pequeña huida, el breve tiempo de aniquilación, de no estar, de no ser. Y está bien. Está bien. Está muy bien.
No sé que seremos, me gustaría saber a ciencia cierta a dónde nos lleva todo esto. El ciclo, los procesos, el dolor que aparece de la nada, sin razón aparente y que se queda alojando en nuestro cuerpo, y se abriga con nuestro calor, que es una extensión de nuestra existencia. No hubo forma que lo vieras en ese momento, pero ahora lo ves, ahora entiendes que todo ello no fue más que la más grande demostración de amor hacia ti misma.
Caro ha intentado toda su vida definirse, traspasar la memoria al amplio espectro de la palabra, visitar los lugares que le permitan recordarse y asumirse. Caro y la otra Caro, las dos Caros. Las dos caras de un mismo cuerpo. Nosotras, una extensión de la lengua que habita fuera, que recorre espacios y tiempos. La palabra ha sido nuestro vehículo cuando la vida no marcha, ha sido verborrea y silencio. Ha sido nuestro puente; el puente seguro en el que habitamos, nos reencontramos y recordamos. Ya van tres años, y aunque parezca un retroceso, se siente distinto gracias a ti.
Perdón si no puedo abrazarte otra vez, no logro trasladar el cariño en la caricia. Te recuerdo y sé perfectamente que no imaginaste lo orgullosa que me sentiría de ti...