Aprendí a soltar todas las lágrimas de mi cuerpo, a reemplazarlas por escritos cuando no salían y a silenciarlas. Aprendí que un té podía mejorar mi día y que no es necesario no comer cuando estoy nerviosa. Aprendí que puedo caminar sola y que no es tan difícil escucharme hablar en mi cabeza (todos saben cuánto amo hablar). Aprendí que la rabia genera energía y esa energía puede ser útil para crear cosas nuevas. Aprendí a dejar de ser esa amiga tóxica que exigía tiempo, aprendí a dármelo a mí y a decir que no cuando efectivamente no puedo ni quiero. Aprendí a entender mi errático pensar, a ordenar las ideas y a darme el permiso de dormir. Aprendí que cambiar cosas de mí no significa cambiar mi esencia, que es bueno evolucionar y que mis pensamientos, creencias y valores también crecen. Aprendí que tengo una dependencia emocional tremenda y que necesito y debo trabajar en ella. Aprendí a aprovechar los días de insomnio haciendo todo lo que no puedo hacer ahora que aprendí a descansar, y me doy el tiempo de dormir al otro día aunque me cueste tres horas lograr hacerlo. Aprendí que mi poca inteligencia emocional tenía un por qué y que no podía quedarme allí. Aprendí que no me sirve justificar con el "soy así" porque se puede ser más, se puede crecer. Aprendí a no temer a las terapias, a dejar el orgullo de lado porque tengo el derecho de equivocarme y la obligación de enmendarlo. Aprendí a realizar listas en mi cabeza sobre el nacimiento y por qué de mis emociones a flor de piel para saber que acabarían en cualquier momento o debía hacerme cargo de ellas. Aprendí que cada vez que me he quebrado entera y sigo respirando es una oportunidad para re-construirme aunque eso signifique despojar hábitos que eran parte de mí. Aprendí a no juzgar el proceso de las y los demás porque sentí y vi como mi proceso fue juzgado, porque también me dijeron "te falta voluntad", "es que tú no quieres salir", "estás loca", "qué bipolar", "deja de ser tan dramática". Aprendí que la pena es necesaria y es parte de muchos días de mi vida, pero que abrazarla y entenderla ha sido la mejor estrategia para alejarla. Aprendí a sobarme la espalda y aplaudirme cada vez que logro levantarme de la cama y todas las veces que he descansado sin sentirme culpable y todas las veces en que he dejado de estar encima de las personas haciéndoles ver lo importantes que son para que no se vayan. Aprendí que hemos normalizado un sinfín de comportamientos asociados a la depresión y a la ansiedad, y que es crucial hablarlo, quizás así podamos detener un poco antes las cosas o simplemente sentirnos escuchados y acompañados. Agosto lo recuerdo como el mes que decidí buscar ayuda porque también aprendí que no somos superhéroes o superheroínas, que no nos la podemos con todo, que somos humanos y humanas, y que está bien sentir dolor, angustia, pena y rabia. Aprendí que puedo sacar mucho de todo este show, de todo el drama, de toda la alharaca. Aprendí que ningún estado es mejor que la tranquilidad consigo misma.
miércoles, 7 de agosto de 2019
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