martes, 8 de diciembre de 2020

Conciencia del insomnio.

Nueve meses y tres días. La sensación no es la misma. 

Me devuelvo en el tiempo: ocho años atrás, pena; siete años atrás, desesperación; seis años atrás, rendición. 

Quiero ser otra en el absurdo vaivén del sentir. 

¿Cómo se puede ser distinta?

Escapa del estrés, muévete a otros estados, ¿cómo puedo no estar preparada?

Desaprendí lo que es identificar el límite. En el momento que logro percatarme, ya lo transgredí. 

No disfruto de las mismas cosas. No. Ya no disfruto. Punto. 

Te culpo, siempre te culpo y, a su vez, no te puedo culpar. 

No quiero verme a través de tus ojos. Estás en todas las actitudes de los demás. No sé ver de otra manera. ¿Cuándo te vas? 

No sé quién soy.

¿Se puede ser a costa del resto? 

No sé quién soy,

otra vez.

Nueve meses y tres días, pensé podría aguantar un poco más.

Me alcanzaron, siempre lo hacen. 

Procesos como ciclos irrompibles en mi vida, el equilibrio no es estable, no es duradero. 

El tiempo debe durar más. 

Punto de partida, aquí vamos de nuevo.  

viernes, 4 de diciembre de 2020

Duelo tardío.

Quiero escribir esto, aun cuando no sé bien qué escribir. Quiero escribirlo porque lo he hecho cada vez que he tenido la posibilidad, o cada vez que el conciente se llena de palabras y necesita encontrarse vacío.

He abierto ese pequeño rincón de mi computador con todos los escritos que jamás he publicado, la mayoría dirigidos a ti, o pensados gracias a ti. Tanta verborrea que no ha servido más que para ser la exacta definición de sí misma. Este último tiempo te he recordado, no para bien claro. Pero has estado como siempre rondando todas las cosas que quiero hacer y que no puedo, que no me atrevo, que me disculpo y me ahogo porque tengo miedo de encontrarte otra vez. De verte caminando en sentido contrario, otra vez. 

Y no estás, y sigo dirigiéndome a la nada creyendo que toda palabra llega a ti filuda, metálica, absurda, indefinida. Que llegan a ti y te duelen, tal como me dueles. 

No lo hacen. 

Mi mente recrea escenas en las que grito mientras te esfumas, te haces niebla, desapareces. Y grito y siento que el grito no es suficiente, que no te alcanza, no llega, no logra hacerte reaccionar. Grito y la voz no es remedio para sanar. Mi voz te sigue, te busca, no te halla. Mi voz se pierde en el puente que suponía indestructible. 

No me di cuenta que estabas huyendo, no me di cuenta que me estaba perdiendo. Nado de espaldas en aquel recuerdo sin poder mirarle de frente, sin poder mirarte aún de frente. No importa que tan cerca o tan lejos estés, sigues de espalda habitando otros espacios, otros tiempos, donde yo no existo, donde no soy capaz de satisfacer ningún significado de amor. 

Vivir el duelo. Despedirse no era opción. 

Te veo lejos con la misma postura de siempre, con tu risa contagiosa haciendo ver que nada ha sucedido. Te veo, distante, preparando cada palabra para reafirmar tu temple, preparando cada comportamiento que no te haga parecer mal hombre. 

Y yo que lo recuerdo todo, sólo veo que escapas, que corres de alguien que no puedo dejar de ser. Y yo que lo recuerdo todo, me observo abrazando mis partes, intentando armarlas, darles sentido después de tanta falta de amor. Y yo que lo recuerdo todo, me veo mirando a la nada, perdida, sin ti, sin mí, sin alma. 

Debo liberar el dolor.

Habrá que revivirlo, abrir todas las cartas que jamás envié, todas las palabras que se quedaron en el espacio que nos separa. Habrá que recordar como si no tuviese ya una memoria de elefante, habrá que verbalizar y construir el adiós definitivo. Yo no sé enfrentarte, y no sé qué tan dispuesta estoy a aprender. Habrá que revivirlo como si no lo hiciera en cada momento que te he proyectado, o todas las veces que he escrito sabiendo que va dirigido a ti. No sé pronunciar la despedida.

¿Qué es olvido?

Giros.

He muerto en la agenda de tus besos, en el personaje antagónico de tu mal amor. Infragante de soledad descubro en tu sonrisa la tranquilidad...