No sé dejarte ir.
Nunca supe cómo hacerlo, por eso volví después de tanto tiempo. No sé conjugar eso del adiós. Quiero imitarte. Quiero encontrar una manera de avanzar sin sentir el dolor de tu pérdida, sin contemplarte a lo lejos, que desaparezcas completo y no vuelvas a habitar cada rincón de los recuerdos.
La memoria me pertenece.
A nosotras nos enseñan la constancia, el poder de la perseverancia, a darlo todo inclusive cuando eso significa perderte a ti misma. No nos educaron en el arte de soltar: que qué se pierde intentando, que si duele pasará, que nos podemos sorprender, las personas cambian. Intrínseca creencia del crecimiento humano, insistente empatía que nos desborda.
Nadie nos explicó que podemos huir cuando el amor duele, abandonar la habitación sobrepoblada por su omnipresencia, sin objeto ni sustancia con nuestro nombre… Y si es que lo hubo, fue mera decoración. Encargadas de levantar el desorden, del diseño de interiores, los colores y alimentos, elogiar su llegada. En ese atributo logístico, no logramos ser suficiente. Al final, solo nos pertenecía la idea de sentirnos parte. Amadas.
El olvido es una palabra masculina.
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