Recurro a la escritura porque no sé qué otro lugar habitar. Todo me parece demasiado difícil, tan lleno de cosas, tan estrambótico y yo, tan nada, disuelta en quién sabe qué. No hay un orden para seguir, nada claro que ver, la sensación que llega, esporádica, a anunciarse como si yo no supiera que reside, que espera, expectante, por salir a la luz.
La pena ha sido una gran compañera. A veces debato conmigo misma el cariño que le tengo. Hay oportunidades en que me dejo envolver en sus brazos y me siento tan cómoda que soy incapaz de querer salir. Aun cuando todo el mundo diga que permanecer no es opción, lo es cuando el mundo es tanto y una no.
Otras soy esta, una mujer útil, autovalente. Puedo caminar, levantarme de la cama, obligarme a comer. Me busco en los sudokus, en las películas de navidad, en los libros, en los regalos que me gusta hacer, en los amigos que veo. Pero no me encuentro. Algo sigue prisionero en el pecho y no tengo las herramientas para liberarlo.
La pena se siente como un peso que no puedes levantar.
Sin embargo, camino. Un tanto descalza, con ganas de sentir el frío para despertar, para sentir que vivo y que esa sensación abrumadora de la no existencia desaparecerá, porque eso he aprendido. Tantos años viajando por este laberinto y siempre hay nuevas paredes con las que chocar. Es agotador.
Entonces me pierdo, no quiero nada. Quiero un segundo conmigo misma y eso tampoco es suficiente. Nada me quita el nudo que aparece, insólito, en el pecho. Nada calla la voz interna. Nada me dice cómo salir de aquí. Salir es más doloroso que quedarse.
No he llorado. No me siento capaz. Mas quiero escapar. Y no hay rumbo. No hay lugares. Nada parece favorable. Entonces me imagino corriendo en círculos buscando vaya una a saber qué.
Tantos años en esto y sigo vulnerable a las recaídas. Sentir que no he aprendido nada, que aún no logro identificar que lo calma. No obstante, sigo en búsqueda de otro refugio que no sea mi cama. No sé destruirla, pero sí tranquilizarla.
La pena ha sido por años una fiel compañera. A veces quiero hundir mi cabeza en el agua y sentir que la falta de respiración es más dolorosa que ella. A veces me gustaría sentir otro dolor más justificado, con razón de ser y no esta imprevista amiga que viene a visitarte un jueves por la tarde porque no tiene nada mejor que hacer. Intento abrazarla, entenderla y quererla.
Quizá si no fuera inoportuna, si tuviera alguna explicación, no me dolería tanto. Sufrir por el sólo hecho de sufrir me impacienta. Me cansa. Y aunque tenga un motivo, un nombre, para mí no es razón suficiente para tanto desorden.
Cuando la pena llega sólo pienso en cuánto me gustaría no ser quién soy. ¿Habrá una forma de sacarla para siempre? Destinada a su compañía, sólo me queda aguantar estos días.
La pena, mi fiel compañera, así como llega, también se va.