Nos juntamos el jueves en un café a conversar después de no vernos durante diez largos meses. Jemi es una persona con quien es agradable intercambiar palabras. Nunca pensé que llegaríamos a esa reflexión o que sería la epifanía necesaria para darme cuenta cuántos años llevo atascada en los sueños que no se cumplieron.
No estoy viviendo la vida que quise. A mis veintitrés soñé que a esta edad tendría ya tres hijos, seguiría trabajando en el Sabella, seguiría construyendo el amor que tenía, tendríamos un hogar, me sentiría feliz y estable, y un montón de blablablas. Lo único estable ha sido seguir en el Sabella. La alegría se apagó y yo he intentado retenerla, un tanto a la fuerza, un tanto sin ganar.
"No has cambiado tu significado de felicidad", me dijo Jemi. Y es verdad. Con él se esfumaron los planes, ya no se cumplieron, y yo, terca, los mantengo como si así pudiera tener vivo algo. "¿Te ha hecho feliz algo durante estos años? Han sido hartos años, amiga". Sobre eso quiero hablar.
El año 2012, en medio de mi primera depresión fuerte, mi psicóloga de aquel entonces, me propuso una misión: tener una misión. Como sabemos todos los depresivos, tener una es casi imposible, sin embargo, al día siguiente de la asignación, apareció en la pantalla de la televisión el anuncio del Lollapalooza. Pearl Jam, uno de mis grupos favoritos, vendría a Chile el 2013. Ir se convirtió en mi objetivo.
Le comenté a mi hermano. Trabajamos. Compramos las entradas. Nos fuimos en bus a Santiago. Empezó el Lollapalooza. Vimos a uno de sus grupos favoritos: Of Monster and Men. Y ya en la noche apareció Pearl Jam.
Mi psicóloga me anticipó que el día que cumpliera con mi objetivo iba a sentir satisfacción, pero nunca creí que la sensación sería así de inefable. Recuerdo cuando sonó "Just Breathe" y me dieron unas ganas incontenibles de llorar y sentí, después de muchos meses, alegría, y, sobre todo, la seguridad de que podía salir de ese estado.
La música me lo demostró. Desde ahí no he parado. Inclusive cuando mis planes se cayeron a pedazos y no tuve como rearmarlos, la música en vivo se quedó estoica a mi lado. Cuando mi corazón sufrió su partida y la idea de ese futuro que tanto añoraba, se atrincheraron conmigo todos los conciertos que aparecieron no sólo después de Pearl Jam, sino después de ese oscuro octubre del 2017. Y en cada uno de ellos hubo un canción que me recordó que estaba viva, después de todo combate, de toda tormenta, de todo caos, seguía invicta ante la vida y estaba ahí, privilegiada, escuchándoles, disfrutando.
"¿Te ha hecho feliz algo durante estos años?" Me preguntó en Santiago, mismo día en que fui a ver a The Cure. Misma pregunta que recordé cuando escuché "Pictures of you" en vivo.
Entonces comenzaron a sonar otros junto a The Cure, tantos que he tenido la oportunidad de oír, tantos que me han recordado la nostalgia de vivir, la compañía de un otro, la sensación de estar presente en el aquí y en el ahora. He tenido el defecto de opacarlo con el trauma, el dolor y el ruido. Pero he sido feliz, y lo he sido bastante.
"¿Te ha hecho feliz algo durante estos años?" Todo lo que ha significado ir a escuchar música en vivo, los festivales, los conciertos, la compañía, los bailes, las conversaciones posteriores, el recuerdo, las sensaciones. Le debo tanto a la música.
No estoy viviendo la vida que quería y cuando pienso en eso me da una pena que no logro describir, una pena que muchas veces me tira a la cama y no me saca por horas. La vida que quería no es cercana a la que estoy viviendo y ya no pudo ser. Es momento de aceptarlo. Y también es momento de aceptar que la vida que quise no me permitiría tener la vida que tengo, la vida que tanto disfruto hoy. Quizá esto es lo que quiero ahora, quizá mi miedo a cambiar de planes no me dejó verlo.
Gracias a la vida que me ha dado la oportunidad de presenciar los conciertos a los que he ido. Gracias a la música por tanto.
Gracias amiga por esto.
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